Manos Alzadas
representa a un pequeño ejército de pequeños intercesores que, bajo la mirada maternal de María, va surgiendo en torno a Jesús, el “mediador entre Dios y los hombres” (1Tm 2,5).

El carisma de intercesión universal no es el más vistoso, pero sí el más valioso. El intercesor, unido a Jesús, se convierte en puente por el que muchos alejados de Dios volverán al Padre; se convierte en canal por el que la gracia divina va inundando la Iglesia produciendo frutos de santidad.
El divino Maestro urge a los suyos: “La mies es mucha, los obreros pocos. Rogad, pues, al Dueño de la mies que envíe obreros a su mies” (Mt 9,36s).
Santa Teresita escribe: “¡Qué misterio! ¿No es Jesús omnipotente? ¿Por qué, pues, dice: Pedid al dueño de la mies…? ¡Ah! Es que Jesús siente por nosotros un amor tan incomprensible, que quiere que tengamos parte con él en la salvación de las almas. El Creador del universo espera la oración de una pobrecita alma para salvar a las demás almas, redimidas, como ella, al precio de toda su sangre. He aquí las palabras de Jesús: Levantad los ojos y ved… Ved cómo en mi cielo hay sitios vacíos; os toca a vosotros llenarlos. Vosotros sois mi Moisés orante en la montaña; pedidme obreros, y yo los enviaré. ¡No espero más que una oración, un suspiro de vuestro corazón” (Carta 135).
Si sientes que la Madre de Jesús y de la Iglesia te llama a este encuentro, haz lo posible por responder. Si algo parece imposible, confíaselo a ella.
Será una buena contribución al Reino de Dios si los grupos de oración delegan (y si lo necesita ayudan) a alguna persona dotada del carisma de intercesión para representar a dicho grupo en este encuentro
